Cuenta una leyenda india que un tigre malherido vagaba solitario por la selva. Se había acostumbrado a su soledad y ya no recordaba el amor.
Un día, en que el sol brillaba alto y se colaba, cálido, entre la frondosa vegetación, la vio por primera vez. Era una hermosa, ágil y estilizada pantera negra. Se movía como en una maravillosa danza, al parecer sin percatarse de que el veterano felino rallado la observaba discretamente. Aunque en una hembra, incluso muy joven, nunca se puede asegurar que no fuera consciente de la mirada serena del malherido tigre.
La pantera se acercó a una charca que había creado el rocío matutino y, antes de ponerse a beber, giro su cabeza lentamente y poso su hechizante mirada en los ojos de el. En un instante, inferior a un latido de su corazón, algo cambió en el alma del fiero. Quedo hechizado por la sofisticada belleza de la hermosa azabache. Su respiración, hasta entonces pausada, se tornó rápida, el ambiente le pareció gélido, un sudor impaciente le cubrió y…recordó. Recordó el amor, aunque por primera vez sintió que aquel escalofrío le era desconocido. Nunca había sentido nada tan intenso.
La bella pantera se percató de inmediato del efecto causado y no le resultó indiferente. Tampoco era común en ella aquel comportamiento, aquellas sensaciones.
Durante un tiempo fueron persiguiéndose el uno al otro por la selva, sin hallarse. Los dos querían encontrarse y averiguar que eran aquellas emociones que les embargaban desde el momento en que se miraron. Finalmente, cansados de buscarse, encontraron el momento de compartirse, de explorar aquellas sensaciones.
Un día, en que el sol brillaba alto y se colaba, cálido, entre la frondosa vegetación, la vio por primera vez. Era una hermosa, ágil y estilizada pantera negra. Se movía como en una maravillosa danza, al parecer sin percatarse de que el veterano felino rallado la observaba discretamente. Aunque en una hembra, incluso muy joven, nunca se puede asegurar que no fuera consciente de la mirada serena del malherido tigre.
La pantera se acercó a una charca que había creado el rocío matutino y, antes de ponerse a beber, giro su cabeza lentamente y poso su hechizante mirada en los ojos de el. En un instante, inferior a un latido de su corazón, algo cambió en el alma del fiero. Quedo hechizado por la sofisticada belleza de la hermosa azabache. Su respiración, hasta entonces pausada, se tornó rápida, el ambiente le pareció gélido, un sudor impaciente le cubrió y…recordó. Recordó el amor, aunque por primera vez sintió que aquel escalofrío le era desconocido. Nunca había sentido nada tan intenso.
La bella pantera se percató de inmediato del efecto causado y no le resultó indiferente. Tampoco era común en ella aquel comportamiento, aquellas sensaciones.
Durante un tiempo fueron persiguiéndose el uno al otro por la selva, sin hallarse. Los dos querían encontrarse y averiguar que eran aquellas emociones que les embargaban desde el momento en que se miraron. Finalmente, cansados de buscarse, encontraron el momento de compartirse, de explorar aquellas sensaciones.
Se acercaron mimosos, frotándose los lomos, mordisqueándose amorosos. El tigre le había entregado a ella su ánima inmortal en el momento de la charca, cuando cruzaron sus miradas por primera vez. Ella nunca sintió nada parecido en su vida y se entregó completamente a su tigre. Cuenta la leyenda que el felino siempre la amó y protegió, hasta el fin de sus días.
Y dicen los lugareños que, aún hoy, se pueden oír sus rugidos jugando enamorados cuando el sol, cálido, se cuela entre la frondosa selva.
ñT-Te 10/2008


No hay comentarios:
Publicar un comentario
Agradecido por tu comentario...