No existe en el mundo un turquesa mas hermoso que el del mar de Goam al sur de la isla de Java, donde las islas se cuentan por millares y donde los pescadores arriesgan su vida para coger perlas buceando entre tiburones blancos devoradores de hombres.
Esta es la historia de Jin Go un humilde pescador de perlas salvajes, cuyo padre ya pescaba perlas y, el padre de su padre y, el padre de este y así se remontaba el linaje familiar hasta donde llegaban sus recuerdos.
Jin Go estaba enamorado de la hermosa hija del comprador de perlas del lugar, el único al que el negocio permitía vivir de manera lujosa. El comerciante era un hombre bueno, pero muy bañado de las costumbres ancestrales que limitaban las relaciones dentro de cada casta. Tenía como objetivo casar a sus siete hijas de la mejor manera posible y eso implicaba alejarlas de su lado para que pudieran encontrar matrimonios ventajosos. No vivía para otra cosa y, como es lógico, ni se planteaba la posibilidad de que su preciosa hija pequeña Mai Chie pudiera casarse con alguien que no fuera gaijin, es decir un noble.
Mai Chie sabía del amor de Jin Go y le correspondía amándole con la intensidad que solo se puede tener a los quince años. Siempre se había fijado en el, era el mejor nadador, el más intrépido entre los pescadores, nadaba entre los tiburones sin que pareciera atemorizarse por nada, pero la realidad era otra. Jin Go tenia un sueño, pensaba que si se arriesgaba a pescar donde nadie se atrevía encontraría la perla azul, un tipo de perla tan negro que emitía brillos de un intenso azul y que era tan rara y escasa que su valor era incalculable y podía convertir a un humilde pescador en el hombre mas rico de las islas. Jin Go creía que era su única posibilidad de conseguir la mano de Mai Chie y por eso era cada vez mas audaz. Henchido de amor no podía pensar en otra cosa, se acostaba con la imagen de la bella en la mente y se levantaba de madrugada para ir a pescar con la misma presencia en su corazón de la diosa de sus amores.
Tan profundos eran sus sentimientos que una simple mirada de su amada hacia que se acelerara su pulso, temblores le recorrían todo el cuerpo y no comía pues el apetito le abandonaba. Ella era consciente de lo que le provocaba y tenia miedo y sufría por el. Pero no podía dejar de amarle, su valor y su tenacidad la enorgullecían y sentía que su amor por el crecía día a día.
Cuando iba de compras por el mercado, recorría los tenderetes buscándolo entre ellos, el solía pasear con la misma intención todas las tardes, después de pescar, ya que solo se podía pescar muy temprano antes del alba por el miedo a los tiburones, mas activos cuando el sol estaba alto. Se acercaban el uno al otro sintiéndose, se rozaban entre la multitud, se susurraban palabras de amor entre los gritos de las vendedoras, se respiraban el uno al otro entre los aromas de las especias. La etérea relación que compartían les sumía en un dulce sueño que vivían íntimamente. En alguna ocasión el le deslizaba entre sus manos un poema de amor que había escrito durante la puesta de sol a la luz de los candiles.
Aquella situación no podía durar mucho, pero todo se precipito un atardecer cuando Jin Go salió a pescar lleno de entusiasmo con una flor en su bolsillo que ella le había regalado discretamente esa misma tarde. Se dirigió con su pequeño sampán al peligroso arrecife a la luz de la luna llena. Colocó su boya y se zambulló en las revueltas aguas con la firme convicción de que ese era el día. Tras dos largas horas encontró una zona llena de corales y al rato un tenue reflejo azulado le hizo brincar en la profunda sima rocosa. Se acercó decidido y con su daga ostrera consiguió liberar una enorme perla, pero falto de aire en sus pulmones no pudo comprobar si era la que su corazón le afirmaba y se la guardó rápidamente en su bolsillo. La emoción hizo que tragara el mar quemándose la garganta a pesar de la experiencia de muchos años. Tras unos violentos movimientos de sus piernas ascendió raudo a la superficie y observó desolado que su sampán se había soltado de la boya alejándose mucho de su posición. Aún así, y con la perla en el bolsillo, al lado de la flor que le había obsequiado como divisa de su amor la bella Mai Chie, intentó acercarse a su sampán comprobando consternado que este no paraba de alejarse. Le pareció ver una sombra en el timón del sampán pero en ese momento un enorme tiburón blanco se precipitó sobre el. La primera dentellada le rozó una pierna dejando un rastro violeta en las negras aguas. Jin Go sacó su daga y espero el nuevo ataque del blanco que no tardó en llegar, amarrándose a su aleta comenzó a proferirle cuchilladas mientras el enorme devorador de hombres le infligía una última y definitiva herida.
Esta es la historia de Jin Go un humilde pescador de perlas salvajes, cuyo padre ya pescaba perlas y, el padre de su padre y, el padre de este y así se remontaba el linaje familiar hasta donde llegaban sus recuerdos.
Jin Go estaba enamorado de la hermosa hija del comprador de perlas del lugar, el único al que el negocio permitía vivir de manera lujosa. El comerciante era un hombre bueno, pero muy bañado de las costumbres ancestrales que limitaban las relaciones dentro de cada casta. Tenía como objetivo casar a sus siete hijas de la mejor manera posible y eso implicaba alejarlas de su lado para que pudieran encontrar matrimonios ventajosos. No vivía para otra cosa y, como es lógico, ni se planteaba la posibilidad de que su preciosa hija pequeña Mai Chie pudiera casarse con alguien que no fuera gaijin, es decir un noble.
Mai Chie sabía del amor de Jin Go y le correspondía amándole con la intensidad que solo se puede tener a los quince años. Siempre se había fijado en el, era el mejor nadador, el más intrépido entre los pescadores, nadaba entre los tiburones sin que pareciera atemorizarse por nada, pero la realidad era otra. Jin Go tenia un sueño, pensaba que si se arriesgaba a pescar donde nadie se atrevía encontraría la perla azul, un tipo de perla tan negro que emitía brillos de un intenso azul y que era tan rara y escasa que su valor era incalculable y podía convertir a un humilde pescador en el hombre mas rico de las islas. Jin Go creía que era su única posibilidad de conseguir la mano de Mai Chie y por eso era cada vez mas audaz. Henchido de amor no podía pensar en otra cosa, se acostaba con la imagen de la bella en la mente y se levantaba de madrugada para ir a pescar con la misma presencia en su corazón de la diosa de sus amores.
Tan profundos eran sus sentimientos que una simple mirada de su amada hacia que se acelerara su pulso, temblores le recorrían todo el cuerpo y no comía pues el apetito le abandonaba. Ella era consciente de lo que le provocaba y tenia miedo y sufría por el. Pero no podía dejar de amarle, su valor y su tenacidad la enorgullecían y sentía que su amor por el crecía día a día.
Cuando iba de compras por el mercado, recorría los tenderetes buscándolo entre ellos, el solía pasear con la misma intención todas las tardes, después de pescar, ya que solo se podía pescar muy temprano antes del alba por el miedo a los tiburones, mas activos cuando el sol estaba alto. Se acercaban el uno al otro sintiéndose, se rozaban entre la multitud, se susurraban palabras de amor entre los gritos de las vendedoras, se respiraban el uno al otro entre los aromas de las especias. La etérea relación que compartían les sumía en un dulce sueño que vivían íntimamente. En alguna ocasión el le deslizaba entre sus manos un poema de amor que había escrito durante la puesta de sol a la luz de los candiles.
Aquella situación no podía durar mucho, pero todo se precipito un atardecer cuando Jin Go salió a pescar lleno de entusiasmo con una flor en su bolsillo que ella le había regalado discretamente esa misma tarde. Se dirigió con su pequeño sampán al peligroso arrecife a la luz de la luna llena. Colocó su boya y se zambulló en las revueltas aguas con la firme convicción de que ese era el día. Tras dos largas horas encontró una zona llena de corales y al rato un tenue reflejo azulado le hizo brincar en la profunda sima rocosa. Se acercó decidido y con su daga ostrera consiguió liberar una enorme perla, pero falto de aire en sus pulmones no pudo comprobar si era la que su corazón le afirmaba y se la guardó rápidamente en su bolsillo. La emoción hizo que tragara el mar quemándose la garganta a pesar de la experiencia de muchos años. Tras unos violentos movimientos de sus piernas ascendió raudo a la superficie y observó desolado que su sampán se había soltado de la boya alejándose mucho de su posición. Aún así, y con la perla en el bolsillo, al lado de la flor que le había obsequiado como divisa de su amor la bella Mai Chie, intentó acercarse a su sampán comprobando consternado que este no paraba de alejarse. Le pareció ver una sombra en el timón del sampán pero en ese momento un enorme tiburón blanco se precipitó sobre el. La primera dentellada le rozó una pierna dejando un rastro violeta en las negras aguas. Jin Go sacó su daga y espero el nuevo ataque del blanco que no tardó en llegar, amarrándose a su aleta comenzó a proferirle cuchilladas mientras el enorme devorador de hombres le infligía una última y definitiva herida.
Cuando al amanecer llevaron su exánime cuerpo a la playa junto con el del temible tiburón blanco, encontraron una enorme perla azul en su bolsillo entre unos pétalos blancos. La bella Mai Chie gritó compungida al darse cuenta de lo sucedido y corrió al acantilado desde dónde se precipito al océano, de dónde horas mas tarde la recuperaron inerte y sin vida. El padre de Mai conocedor de los hechos y enloquecido de furor mandó ajusticiar al celoso traidor que había tendido la trampa al romántico Jin Go. Pero al poco tiempo se calmó lleno de tristeza y mandó construir una piedra donde la formidable perla negra quedó incrustada y se grabó una inscripción:
Aquí yacen
Mai Chie y Jin Go
Se amaron en vida
Compartirán la eternidad.
Desde entonces la tumba es el lugar dónde los jóvenes del lugar se juran amor eterno y, en las noches de luna llena, y si es cierto que estás enamorado, dicen que se puede observar, en el brillo azulado de la perla, la sonrisa de los valientes Mai y Jin.
ñT-Te 10/2008


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